
Mi día de voluntariado era los miércoles pero le cambié el día a una compañera porque no podía.
Por tanto, el pasado martes seis fue mi primer día de prácticas voluntarias. Asistí junto con Beatriz, una compañera y amiga de clase. ¡Todo con ella sería más fácil, seguro! -pensé-.
A las tres menos cinco estábamos las dos frente a la puerta de entrada. Ambas nos mirábamos sin saber qué nos depararía entre esas cuatro paredes pero, con paso firme, pasamos el umbral de la puerta con una sonrisa en la cara y con un cosquilleo en el estómago.
Nos atendió el conserje que, a pesar de estar tremendamente ocupado con el teléfono que no dejó de sonar ni un instante, nos ofreció una de las sonrisas más cálidas que he visto en mi vida.
A los pocos segundo salió a recibirnos una mujer muy simpática llamada Mª Carmen que nos enseñó todo el colegio y nos dió unas "pinceladas" bien definidas de lo que íbamos a hacer.
El colegio era pequeño pero muy acogedor. Las paredes estaban repletas de dibujos y un montón de sillas de ruedas formaban parte del "decorado" de la estancia. Se me partía el alma al ver esas pequeñas sillitas.
Después de visitar todo el centro nos dijeron a ambas que nos quedásemos en el comedor con los niños para ir observando y habituándonos.
Al principio, no os engañaré, Bea y yo estábamos un poco asustadas. Uno de los pequeños no paraba de gritar y estaba asustando a los demás...aunque creo que las más asustadas éramos las dos.
La mayoría de los niños giraban la cabeza para mirarnos. Nos observaban, algunos nos sonreían, otros nos saludaban con la manita...
Era un ambiente enternecedor a la par que triste. Me acongojaba observar el dolor de esos pequeños y que, a pesar de todo, te sonreían con el alma.
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