
Te fuiste sin decir "adiós".
Me quedé helada durante segundos y de mis ojos emanaba ese maldito líquido llamado lágrimas...
No sé por dónde empezar, es tanto lo que me has enseñado en esta vida...
Desde que nací no tenías ojos para nadie más. Me contabas cómo te encantaba llevarme a pasear por la dehesa para "presumir de nieta" como siempre decías entre risas.
Mi juguete preferido era una mariposa de peluche que tenía un diminuto cascabel en su interior y no podía dormir sin ella; me recordabas a la perfección de cómo un día jugando la tiré al río y te tuviste que meter "a la caza de la mariposa" y acabaste empapado pero feliz de ver cómo me estaba riendo por la cómica escena que se creó en segundos.
Recuerdo cómo las tardes de primavera me llevabas a los sitios más bellos del pueblo para admirar el colorido espectáculo del nacimiento de las flores. Recorría el monte agarrada de tu fuerte mano, me sonreías y juntos mirábamos el azul del cielo, tan azul como tus ojos.
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