Desde que tenía uso de razón me sentía diferente al resto y eso me gustaba. Me sentía orgullosa de no ser un patito más en el estanque pero, a veces, ser el pato feo era una pesada carga para alguien que no superaba unos palmos del suelo.
Mientras que los niños de mi edad se preocupaban de ser niños, yo quería ser un adulto en un cuerpo de niño, pero un adulto que nunca se cansase de soñar.
A diferencia de Antoine De Saint Exupéry en su "Principito", era capaz de desenmascarar al adulto para ver el niño que llevaba debajo. Los adultos me fascinaban. Sus infinitos conocimientos, su firmeza ante los abismos, su entrega inagotable hacía que yo quisiese ser uno de ellos, formar parte de ese mundo adulto, pero con el espíritu de un niño.
Quizá cuando pienso en los adultos pienso en mi padre y eso hace que vea a todos como niños chicos, deseosos de mostrar al mundo que no son viejos porque tenga arrugas en la piel, pues esas arrugas son las mayores muestras de que un día, no hace mucho, fueron niños.
Mi padre me entregó uno de los regalos más valiosos en la vida...me enseñó a observar el alma de las personas y jamás juzgarlas por sus apariencias o actos.
La escuela de la vida me enseña cada día que tenemos que aprender a observar en lo más profundo de nosotros y de los que nos rodean.
El mundo esta repleto de ilusión....nunca dejéis de soñar. Sed siempre niños.
Diseño interesante, una primera entrada prometedora. ¡Adelante!
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