No podía quitarme de la cabeza el hecho de perderme una oportunidad como esta y decidí escribir un correo al colegio.
A los pocos días me respondió, muy amable, el Director Pedagógico del centro diciéndome que no había ningún problema en que me incorporase el próximo jueves, que tan solo tendría que rellenar una hoja de inscripción.
[Y llegó el esperado día...]
El jueves día veintitrés me incorporé a las prácticas voluntarias del colegio acompañada de mis amigas. Estaba nerviosa y feliz porque no sabía qué tenía que hacer exactamente pero estaría haciendo lo que más me gusta. Además, se incorporaba conmigo Pilar Blanco, otra amiga y compañera de carrera y eso me hizo sentir más segura porque sabía que estaría bien acompañada en todo momento.
Después de una pequeña y sofocante espera por un sol casi veraniego, nos dijeron que ya podíamos subir a las aulas y una simpática señora, me imagino que era profesora porque vestía una bata blanca, nos indicó en qué clase nos tocaba.
Subimos por las escaleras y recorrimos un pasillo con miles de dibujos realizados por pequeños grandes artistas, ese pasillo me condujo al túnel de mi infancia; el olor a pintura, colchonetas...mezclado todo con un aroma de agua de colonia "nenuco" invadía cada estancia...
La amable señora nos indicó un aula en el que se necesitaban a dos voluntarios, Pilar y yo aprovechamos la ocasión, además estaríamos juntas...todo iba sobre ruedas.
Entramos en la clase de 1º B de Primaria, los pequeños nos miraban a Pilar y a mí con ojos de búho, expectantes a cada movimiento que realizábamos.
Una profesora nos indicó que teníamos que sentarnos en una mesa las dos juntas y que cada diez o quince minutos (más o menos) irían tornando los grupos de alumnos, pasando así, por todos los aprendices de profesor. Cada grupo de niños realizaba con cada "profe" una actividad diferente y, cuando se acababa el tiempo, recogían rápidamente sus cosas y...al siguiente. Al principio de cada actividad tenías que escribir el nombre y apellido de cada niño. Era toda una proeza intentar averiguar su nombre porque, pocos te lo decían a la primera...
El que no te decía: -¡Me llamo Pepito!, te decía que era ¡Águila Roja! y si entramos en el terreno de los apellidos..., pero, como dice Olaia, en todo grupo siempre hay un niño responsable que te dice el nombre y apellidos de todos sus compañeros. Y así fue.
Nuestra actividad consistía en que los niños averiguasen las diferencias entre dos dibujos (dos niños que estaban contentos y, los mismos niños, discutiendo). Los pequeños descubrían las diferencias sin mayor problema.
Después tenían que decir formas de solucionar un problema y escribirlas, las respuestas eran de lo más enternecedoras...: -¡Riendo! -decía uno- porque si te ríes haces que el otro se ría y ya está todo solucionado. -¡Qué frase tan sabia!- pensé- ¡cuánto tenemos que aprender de los niños! Además, tenías que estar con mil ojos para ver que cada pequeño escribiese lo más correctamente posible. -¿Se escribe con "b" alta o baja?, ¿así profe?....
Cuando escuche la palabra "profe" me sentí realizada. Vi como todos los esfuerzos previos para poder estudiar esta carrera se habían esfumado, todo ello había merecido la pena por tan solo escuchar la palabra "profe" de la boca de un pequeño proyecto de hombre que hace que recuerdes en todo momento lo dichosa que eres por estar dedicándote por y para las personas.
El tiempo se pasó volando, ya nos teníamos que marchar....Tras rellenar la hoja de inscripción nos despedimos de los pequeños. Todos nos decían adiós levantando la manita.
-¡Volveré! -pensé para mis adentros- esto es tan solo el comienzo de mi camino.